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Obama es el líder adecuado en el momento justo

La asunción del primer negro a la presidencia de EE.UU. es un hecho histórico. Es como Lula, el presidente obrero, o como Evo, el presidente indígena. Los norteamericanos abrieron las compuertas para reparar su historia e iniciar una nueva era. Y llega en el momento que más se necesita. Tiene el temple, la formación y el carisma y no podrán correrlo por izquierda ni por derecha.

Por Silvia Mercado  |  20.01.2009 09:53:00

“No se puede ayudar a los hombres realizando por ellos PERMANENTEMENTE lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos”.

Abraham Lincoln


Voy a decirlo sin vueltas: ahora es fácil entender el fenómeno Barack Obama. Hace un año, cuando empecé a escribir en La Política Online las primeras notas acerca de los profundos cambios que se manifestaban en la sociedad norteamericana y la emergencia de su liderazgo inusual, muchos lectores escribieron comentarios agresivos contra él y mis percepciones. Todavía no había ganado las primarias. Sin embargo, para mí era evidente que las fuerzas que despertaba cada vez que su figura se recortaba en algún acto callejero o en la televisión, eran anormales para un candidato, no sólo por su poder intrínseco (venían/vienen desde el fondo de la historia de ese país y se manifestaban/manifiestan de forma inédita entre las más jóvenes generaciones), sino por la fenomenal empatía que su imagen generaba (genera) en cada rincón donde haya injusticias a reparar: es decir, en todo el mundo.
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Barack Obama

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En definitiva, los Estados Unidos son la potencia planetaria y, después de los cambios culturales que provocaron con la CNN e Internet, ya no pueden darse el lujo de tener presidentes despreciados por las opiniones públicas globales: es así, los capitales simbólicos o blandos se muestran a diario en todos los países más sólidos que los militares, y ni qué decir los financieros. La novedad es que, por primera vez, las audiencias globales influyeron también en una elección presidencial, no votando, desde luego, sino generando una renovada admiración y respeto -incluso indisimulado afecto- por los norteamericanos. Después de años de haber vivido acomplejados por el desprecio que sentían de sus congéneres cada vez que salían al exterior, recuperaron el orgullo de haber nacido en USA, lo que no es poco decir.

Dolido por el resultado electoral, un amigo me dijo que tenía que pasar el desastre que sucedió para que los norteamericanos votaran como lo hicieron. Muchos desinformados deben seguir pensando así.

Numero uno. Es imposible olvidar que George W. Bush llegó a la presidencia con fraude y, por lo menos, la mitad de la sociedad norteamericana que vota (que votaba, porque en la última elección, Obama arrastró a casi 10 por ciento más a pronunciarse en las urnas), lo hizo en ese momento por Al Gore, un vicepresidente que fue tan leal a Bill Clinton que nunca quiso diferenciarse, salvo por un issue, la defensa incondicional de la agenda ambiental.

Numero dos. Hace quince años, la agenda ambiental en Estados Unidos y el mundo desarrollado venía en un proceso de mayor representación y debate político, corriéndose de los extremos. Tanto, que el vicepresidente la tomó y la llevó como bandera central de campaña cuando corrió para la presidencia. El gobierno republicano lo ignoró. Pero la población común incorporó esa preocupación en su vida diaria (digamos, para que se entienda, como aquí está instalado en lo cotidiano el problema de inseguridad) y, por otro lado, es asunto de seguridad nacional.

Número tres. Barack Obama repitió hasta el cansancio que se impone para su país el autoabastecimiento energético y anunció que desplegará todas las baterías posibles para producir energía en forma alternativa al petróleo, a través de la agricultura (biocombustibles) o de los vientos (eólica), entre otras. Esto asunto es de enorme trascendencia no sólo para la Argentina, que podría ser productora natural de energía alternativa, sino para el reparto del poder mundial. Cuanto menos influencia tengan las estructuras corporativas cuasi mafiosas que mucho más que la producción dominan el complejísimo tramado de la distribución del petróleo, con sus infinitas ramas de inteligencia militar, no sólo los Estados Unidos estarán más seguros y mejor abastecidos por energía limpia. El conjunto de las naciones podrá ir a un nuevo equilibrio, con menos tensión y mayor respeto a la diversidad.

No es con rigidez ni ideologismos como podrán resolverse los dramáticos asuntos que el mundo tiene en sus manos. La creatividad norteamericana, que hizo grande el país, se pondrá ahora al servicio de resolver muchos problemas globales, creados en gran parte por ella misma.

Barack Husein Obama es el líder adecuado en el momento justo. Tiene el temple, la formación y el carisma. A veces no lo parece, pero es humano. Tanto que es capaz de decir en un reportaje muy reciente que “me abruman los problemas acumulados en la agenda”. No podrán correrlo por izquierda ni por derecha. Sabe muy bien hacia dónde va. No se siente obligado a no equivocarse. Puede hacerlo y también puede corregirse. Será perdonado. Los astros lo favorecen. Tampoco se apurará. Sus primeros dos años serán muy difíciles. Pero las puertas del paraíso (las elecciones de medio término en el 2010) se abrirán de nuevo, porque tiene una visión de las cosas tan apropiada y una capacidad para lograr lo que se propone, que están fuera de lo normal. En la revista de El País de España del último domingo, Manuel Vincent lo llamó de “el enviado”. A veces se me hace que es Neo, el personaje de Matrix que Morpheo buscó para ganarle definitivamente al mal.

Pero no. Obama es de este mundo. Como Lula, el presidente obrero, o como Evo, el presidente indígena, los Estados Unidos abrieron las compuertas para reparar su historia e iniciar una nueva era. También un amigo me había dicho alguna vez que el que dijera que Lula podía ganar no conocía Brasil. Por suerte los pueblos, como las personas, cambian, aprenden de sus errores, y vuelven a empezar, siendo mejores. No tiene ningún sentido quedarse estigmatizado en los errores, lamiéndose viejas heridas y con miedo a lo que vendrá. Estados Unidos puso la proa a su futuro, que también es el nuestro, porque también nosotros estamos en este mundo. Aunque claro, algunas cosas no cambiarán. Estados Unidos seguirá siendo grande porque su nuevo presidente piensa muy parecido a lo que decía uno de los próceres que más admira. Que “no se puede crear prosperidad desalentando la iniciativa propia. No se puede fortalecer al débil debilitando al fuerte. No se puede ayudar a los pequeños aplastando a los grandes. No se puede ayudar al pobre destruyendo al rico. No se puede elevar al asalariado presionando a quien paga el salario. No resolverá usted sus problemas mientras gaste más de lo que gana. No se puede promover la fraternidad humana incitando el odio de clases. No se puede formar el carácter y el valor del hombre quitándole su independencia e iniciativa. No se puede ayudar a los hombres realizando por ellos PERMANENTEMENTE* lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos”. Es el decálogo de Abraham Lincoln, el ex presidente que quiso emular Obama con el recorrido en tren que realizó hasta Washington DC el último fin de semana, antes de llegar a la Casa Blanca.

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